El monumento de hierro que cambió la mirada y dignifica al quilero...
En la entrada de Melo, sobre la Ruta 8 que conduce a Aceguá, en la frontera Uruguay-Brasil, un conjunto de siluetas de hierro se alza en el cantero central. No son figuras abstractas ni héroes de bronce: son quileros. La obra "El pobre que va por pan", del escultor Nicolás Fariña, captura en cuatro esculturas de tres metros de altura la evolución de un oficio tan persistente como invisibilizado. Allí están el carguero a caballo, el quilero en bicicleta, el motociclista cargado de garrafas de gas y la mujer cargando bolsos. Un monumento que, lejos de celebrar el delito, homenajea el sacrificio de quienes cruzan la frontera para llevar el pan a su mesa.
Allá por 2018, cuando el escultor Fariña ideaba sus obras era explícito en destacar: “En realidad es un monumento a la gente que se sacrifica y que va por traer el pan a su mesa. No lo veo como un monumento al contrabando”. Su intención es que la gente entienda que, para muchos, el contrabando de sobrevivencia no es un delito, sino un medio de vida. Las esculturas, hechas con chatarra reciclada e inspiradas en la canción “Camino de los Quileros” de Osiris Rodríguez Castillos, buscan generar un reconocimiento positivo sobre una práctica que la mirada moral suele reducir a criminalidad o evasión fiscal.
Melo está a 60 kilómetros de la frontera con Brasil y carece de fuentes laborales formales. Los quileros recorren hasta 120 kilómetros diarios por un jornal mínimo. Cómo ellos mismos lo describen: “Es un trabajo como cualquier otro… si nos dedicamos a contrabandear y a arriesgar nuestra libertad es porque necesitamos trabajar y no hay otra cosa”. ¿trabajo en la frontera o delito?, una pregunta que el monumento de Fariña traduce al lenguaje del espacio público.
Una tensión que sigue viva
El símbolo no es pasado. En octubre de 2025, unos 300 quileros se movilizaron en Melo contra los operativos de Aduanas. “Sabemos que es ilegal, pero no tenemos otro medio de sustento y sentimos que nos están persiguiendo”, dijo uno de los manifestantes, mientras otro añadía: “Atrás de cada vehículo viven 20 personas del quilero que va”. La protesta, pacífica, volvió a poner sobre la mesa la misma pregunta que las esculturas plantean desde el cantero de la Ruta 8: ¿cómo se mide la legalidad cuando está en juego la supervivencia de centenas de familias?
Fariña recordó que el contrabando hormiga tiene historia larga en la región. Ya en la época de Artigas, los cargueros pasaban caballos con caña, azúcar y tabaco para comerciar al margen del bando impartido por la colonia española. El quilero es el heredero contemporáneo de esa tradición fronteriza, y el monumento lo reconoce como parte de un paisaje humano que se ha transformado con los años: del caballo a la bicicleta, de la bicicleta a la moto repleta de garrafas y las eternas bagayeras.
El quilero también es cultura
La figura del quilero no solo está en el hierro. Está en la letra de “Camino de los Quileros” —“Hay un camino en mi tierra / del pobre que va por pan”—, en la pluma de Osiris Rodríguez Castillos, así como en las canciones de Horacio Fábrica o Nicolás Barboza entre otros, y en el cine: El baño del Papa (César Charlone) retrató a los quileros de frontera y su lucha por subsistir al margen de la ley. El monumento de Fariña se suma a ese cancionero y a ese cine como un hito material que cristaliza el debate entre la legalidad formal y la realidad de la frontera.
Las esculturas de "El pobre que va por pan" no resuelven la tensión, pero la hacen visible. Y, a su manera, le dan un lugar en el espacio público a quienes, cada madrugada, salen a buscar el pan por los caminos de Aceguá.
Documental; EL POBRE QUE VA POR PAN
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